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La Vida Comunitaria

 

 

Hace pocos años cuando, en Subiaco, Italia, el monasterio benedictino más antiguo del mundo celebró 1500 años desde que San Benito empezó allí “una escuela del servicio del Señor”,  su santidad Juan Pablo II dijo:

“Quiera Dios que cada comunidad benedictina se presente, con una identidad bien definida, distinta del mundo que le rodea, pero abierta y acogedora con respecto a la gente pobre y peregrina y a cuantos buscan una vida de mayor fidelidad al Evangelio.”

 

Desde 1992, aquí en la “Comarca lagunera” hemos querido dar una nueva expresión a los tesoros permanentes de la vida monástica y esto nos ha ido dando “una identidad bien definida”.

 

  • Vivimos en un monasterio inserto en un barrio popular, abierto a la gente de  alrededor.
     
  • No somos monjas de claustro, sino hermanas que salimos al encuentro de las necesidades de las personas que nos rodean.
     
  • Aprendemos a encontrar el silencio interior cuando las canciones de los estéreos,  el tambor de la danza religiosa, los gritos del juego de futbol en la calle, el vendedor de frutas y verduras, desde su carreta, ofreciendo las más frescas y baratas de la temporada y la sirena de las patrullas que pasan, permeen nuestro espacio;
     
  • Desarrollamos un espíritu contemplativo, encontrando a Dios en medio de esta realidad, a veces hostil y violenta.
     
  • Nuestra oración comunitaria es participativa y adaptada a las necesidades de la  gente que la comparte con nosotras, con lenguaje, símbolos y cantos escogidos para tratar de incluir a todas las y los participantes.
     
  • Dentro y fuera de la comunidad buscamos relaciones más horizontales que verticales, más de hermandad que de jerarquía.  Nos esforzamos por vivir la autoridad monástica con su sentido de servicio a la comunidad y la obediencia como una responsabilidad personal y comunitaria, porque estamos convencidas que el Espíritu está presente en la comunidad.  Se privilegia la consulta y, en un espíritu de diálogo, tratamos de escuchar a todas, desde la más joven hasta la más anciana.
     
  • Damos prioridad a relaciones profundas de amor, cuidado, respeto, honestidad, aceptación mutua y reconciliación,  asumiendo las flaquezas físicas y morales de cada persona, como parte de  la condición humana.
     
  • Construimos comunidad y trabajamos no sólo entre nosotras sino con las oblatas que han formado parte de nuestra historia desde el inicio; y con la comunidad más extensa.
     
  • Nuestro “hábito” es una forma sencilla y práctica de vestir de acuerdo al clima, para realizar nuestro trabajo y servir a las y los demás.
 
El amor es el que nos impulsa (RB 5,10)